sábado, 8 de noviembre de 2014

Educada en el Marxismo Soviético, Hoy Católica

Educada en el Marxismo Soviético, Hoy CatólicaTatiana, nacida en la extinta Unión Soviética, educada en una cultura donde el ateísmo reinaba, hoy es fiel católica

Primero y antes que nada, en el principio fue un acto volitivo.

Aunque siempre supe que "algo existe", a pesar de toda la cultura de ateismo militante que me rodeó en Rusia durante unos 20 años de mi vida, siempre tenía mucha curiosidad y algo de envidia de cara a los creyentes ortodoxos: eran distintos, se les miraba de soslayo, se susurraba que iban a la iglesia, en el colegio se elegía entre otros niños de su clase a uno/s "tutores" que se suponía que debían de disuadirles de seguir creyendo en Dios y de persuadirles a creer junto con la mayoría en el comunismo con su futuro luminoso.

El mundo de los creyentes ortodoxos en los 80 era todavía muy cerrado en Rusia, porque existía un artículo en el código penal por proselitismo entre la juventud. Por eso, viendo entrar un joven a la iglesia, la gente del "mundillo" intentaba echarle fuera para que nadie pensara que le acogiesen. De aquella época guardo un par de "rencores" contra aquellas abuelitas alertas que para mí representaban la mala cara de la ortodoxia.

Con todo esto siempre he sentido una fuerte fascinación ante todo lo católico: para mí la presencia de un católico como personaje, la misma palabra ya garantizaba la buena calidad de un libro o una película: era devoradora de novelas y documentales sobre el Medioevo. Para sacar información sobre mis queridos católicos valía todo: La Gran Enciclopedia Soviética con sus casi 100 tomos (daba gusto leer sus artículos que reflejaban la contraposición de los dos mundos, hasta ahora me gusta el género), libros de divulgación tipo "La Guardia Negra del Vaticano" (sobre los jesuitas, maravilloso por su léxico peyorativo pero lleno de números), novelas seudohistóricas para niños, libros de textos de facultad de historia...

Pero nunca di ningún paso para bautizarme, era una de aquellas personas, como decía nuestro amigo Lindatan en una carta, "de inquietudes culturales". Jamás me he interesado por ver si había alguna iglesia católica en Moscú. Cuando ya en los 90 trabajaba en una agencia de viajes y daba las direcciones de las parroquias católicas a los turistas argentinos y españoles, nada se movía en mi corazón: para entonces ya era una tolkieniana comprometida, además una "tolkieniana negra" que realmente creía que se había encontrado una perfecta religión.

Ya en España, mi novio Pablo y yo éramos muy distintos. Cuando otros novios se besaban, nosotros casi nos partíamos la cara discutiendo sobre el tolkienismo. Pobre Ginés, ahora veo cómo sufría, todos sus argumentos daban como guisantes contra la pared. Pero amor, aunque sea un amor humano con minúscula, hace sus pequeños milagros (sobre todo si está respaldado por un Amor interesado): cuando Pablo me pidió que me hiciera cristiana, no obligatoriamente católica, lo que fuera, le dije que sí, y, por supuesto, católica (¡uau!). Por esto he dicho arriba que era un acto volitivo.

Pero entonces no sabía (teóricamente lo sabía de sobras, pero no sobre mi pellejo) qué precio se paga por la libertad de hacer una elección. En mi vida, sin contar la más tierna infancia, he llorado tanto. La señora que me daba la catequesis, una doctora en teología, un encanto de mujer, mi futura madrina, junto con mi querido Pablo se convirtieron en un par de torturadores despiadados.

Los conocimientos "teóricos" ya los tenía muchos, no me costaba nada repasarlos. Pero aceptar que casi todo lo que me enseñaron en la guardería, colegio, universidad, trabajo, etc., todo el rollo que me he montado yo y que me diferenciaba del resto del universo no valía un pimiento...

¿Acaso era yo una tonta y una inútil? ¿Por qué ahora tenía que rechazarme a mí misma? ¿Tantos años vividos en vano? Y, después de escupir toda la amargura que tenía dentro a la cara de Pablo, lloraba en el hombro del mismo día tras día. Pero si di mi palabra, debería cumplir la promesa, porque si no, ya ningún respeto propio me quedaría.

Pablo, para hacerme avanzar un poco, organizó nuestro viaje a Taizé para Pascua. ¿Ir yo allí, donde todos son unos fanáticos y (lo que es peor) veteranos exclusivistas? El primer día era igual que cuando mis padres me aparcaban a la fuerza en colonias por un mes entero con una pandilla de niños desconocidos y seguro que malos y violentos. Además, con frío y todos extranjeros. Pablito, con su encanto de siempre, quiso elegir el grupo de meditación silenciosa y solitaria para cuatro días. Yo, para fastidiarle y justificar un viaje inútil, elegí el de la limpieza del territorio. Pero Dios existe, y en el grupo de meditaciones no quedaban plazas. Limpiábamos los baños entre los dos. Dormíamos en sacos en el suelo de la iglesia. Y cantábamos. El primer día, entre lágrimas y entre dientes apretados para no gritar. Después me gustó. Me encantó.

Hablamos con una monja polaca que me dio un consejo práctico: "Si no sabes rezar, imagínate una manzana que se madura poco a poco bajo los rayos de sol. Así la presencia de Dios te influye, aunque tú no notes nada". Un cura viejito que entonces estaba en nuestra parroquia me dijo respondiendo a mis dudas: "No temas de bautizarte sin estar segura de tu fe. Es sólo el principio del camino, no su fin". Y así, por una parte ilusionada como una niña en el día de su primera comunión (era precisamente esto), por otra parte como una oveja que se dejaba sacrificar, me bauticé.

Ir a misa cada fin de semana. Una tortura. Yo pensaba que toda la gente de nuestra parroquia me miraba, me mostraba con un dedo, chismorreaba y comentaba. ¿Por qué no se usan burkas aquí? ¿Ir sola cuando Pablo estaba de ferias fuera de Barcelona? Había que ir por promesa, pero Dios sabe cuánto me costaba y cuántas veces me inventé excusas para no ir. El que viene el último siempre es emigrante en nuestro mundo.

Hasta que yo comprendí, hasta que de verdad viví, que en el Reino de Dios los últimos son los primeros, desgasté tantas neuronas de esas que dicen que no se reproducen, que ahora las echo de menos pero ya es tarde. Encontramos en Barcelona un grupo de oración estilo Taize y un año o más estuvimos bastante contentos. Hasta que, después de las Jornadas de Taize en Barcelona, Pablo quiso montar un grupo así en nuestra parroquia. Y encontró que ya había un grupo de jóvenes, pero al estilo carismático.

A él le gustaron, me llevó a mí, y no me gustaron en absoluto. Eran unos auténticos fanáticos, además, no había gente de mi edad, o muy jóvenes, o muy mayores. ¿Por qué fanáticos? Porque decían piropos a Dios en voz alta y todos a la vez (que para mí es una evidente señal de mala educación, no podía haber aprobación alguna), levantando las manos hacia el Sagrario, leían trozos de la Biblia, a veces rezaban y pedían entre lágrimas, bueno, pensé que eran demasiado abiertos, demasiado extrovertidos para mí. En mí cascarón no había sitio para aquella peña.

Pablo me llevó a la Asamblea de los carismáticos de Cataluña. Era una multitud de abuelos marchosísimos, pero también de jóvenes muy alegres, la música era muy buena, de las canciones el pelo se me ponía de punta. El predicador era un rollazo. No funcionaba el aire acondicionado. La mitad del tiempo lo pasé fuera, bordando en el jardín, pensando en mi mala suerte, en que nadie me quería, en que mi marido era un fundamentalista insensible, y en que me había dejado engañar.

En agosto del año pasado Pablo (le agradezco su incansable labor) nos inscribió en unos ejercicios espirituales carismáticos de 5 días. Bueno, la mujer tiene que seguir a su marido hasta a los ejercicios. Eran todas abuelitas marchosas, yo ya estaba pensando en volver a casa, pero vinieron un par de matrimonios jóvenes, y el cura que daba ejercicios me pareció divertido. Era una experiencia muy dura.

Entre lágrimas y rebotes conseguí entonces comprender que para Dios no existe diferencia entre sus hijos humanos, sean unos españoles jubilados con "antecedentes católicos" o unas rusas neoconversas: nadie nace cristiano, todos lo somos por bautizo, así que todos somos hijos adoptivos, y comparar nuestros curriculums no sirve de nada, porque todavía no los hemos acabado ni sabemos el criterio de valorarlos. Parece una verdad de catequesis para niños, pero me costó años llegar hacia ella.

Pero una vez asumida, desapareció la barrera que me hacía pensar en esconderme tras el burka: yo era como todos los demás, ni mejor ni peor, no había cabida para mis complejos de inferioridad. Al volver a Barcelona fuimos los dos a las oraciones de nuestro grupo carismático que esta vez me gustó mucho más y me sigue gustando. Seguimos intentando mejorar nuestro nivel de conocimientos (a ver cuándo la cantidad pase a calidad y se refleje en nuestras vidas) leyendo, yendo a ejercicios y retiros, charlas y asambleas, hablando con gente y rezando.

Ahora me encanta ser cristiana. Hago cosas que jamás me atrevería a hacer siendo una agnóstica o cristiana light: me atrevo a amar a la gente. No a los amigos, padres, familiares, no, a la gente desconocida. Intento aprender a ver la cara de Cristo en gente que parece que no tiene nada que ver. Ahora ya en absoluto me duelen los "años perdidos" cuando no era cristiana, no echo de menos aquella "yo" que tuve que suprimir con tanto dolor. Era un parto que siempre duele y da miedo, pero sin él no hay nacimiento. Ni siquiera era una "yo" verdadera. Antes me espantaba pensar en entregar mi vida a Dios, en aquello de "cada vez menos yo y más Tú". Pero sabiendo que mi vida por definición es de Dios y teniendo en cuenta que yo no he sido demasiado brillante gestionándola (más bien, soy campeona en volver a pisar el mismo rastrillo), con mucho gusto se la entrego y cuanto menos "yo" le estorbe, pues, mejor para todos.

Y es sólo el principio del camino, no su fin.

Tatiana Fedótova, L´Hospitalet de Llobregat, 2002

El Demonio es protestante

El Demonio es protestante
Testimonio de mi conversión al Catolicismo
Testimonio de un pastor evangélico converso al catolicismo.


"El Demonio es protestante", fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

"Al principio fue el Verbo"

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como "leyendas negras", porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al "adversario" diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.

Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un "cura nuevo", con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Primera confesión de mala fe

Yo aprovechaba – Dios me perdone – de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

Otra cosa que solía hacer – me avergüenzo al recordarla – era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.

En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan "cálido" en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.

A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.

El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.

En un aprieto que me puso, le dije: "Padre M... comencemos desde el principio" Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: "De acuerdo: al principio era el Verbo y..."

Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!

"Pastor Boullón", me dijo luego, "No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico".

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

- Si... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!

- Pero Cristo les respondió con la Biblia...

- Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca.

Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12): "Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra"

Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito "No tentarás al Señor tu Dios". Y el demonio se alejó confundido.

Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!

Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

La táctica del demonio

Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.

Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí – creo – brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí hechos XVI, 31: ¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús – respondió Pablo – y te salvarás tú y toda tu casa.

Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.

Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:

- "¿Continuará la lectura de San Pablo?"

- "Ya terminé, Padre M."

- "¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a 1ª Corintios, XIII, 32.

- Leí en voz alta: "Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy"

- Entonces la fe...

- La fe... la fe... la fe es lo que salva

- ¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.

- ¿Salvarse?

- Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva...

- ...

- No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque "como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta" (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice "Si quieres salvarte, guarda los mandamientos" Ahí tiene usted la respuesta completa.

Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica – sólo una me basta – en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.

Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

"Sólo la Biblia"

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. "Si es sólo la Biblia", me dije, "entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba".

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.

Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

El pago del mundo

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un "Pastor" protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas "no estrictamente ecuménicas".

Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio – pensaba – me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.

Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella.

Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.

Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

Mi querido amigo se despide

No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!

El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba – si tenía sentido – desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía – jamás dio muestras de sufrir – y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.

Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. "Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades", sentenció.

Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. "¡El Demonio es protestante!" les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe

Roma... mi dulce hogar

Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.

Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.

Bien se por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto – por superficiales y emocionales – de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.

La conversión de mi hermano

La conversión de mi hermanoÉl me respondía: «Nunca estoy solo, Dios está conmigo».


Mi hermano César, una vez fallecido nuestro hermano mayor, vino a vivir conmigo, y creo que mi ejemplo de misa y comunión diaria le sirvió de mucho. Comenzó deseando venir conmigo a misa en días señalados, y terminó en una conversión absoluta. Yo nunca me atreví a proponerle una confesión y comunión, pero pedía a Dios por ello, al igual que mi hermana Pilar. Y sucedió que, estando ingresado en el hospital por una enfermedad grave, una tarde, paseando por el pasillo conmigo, comenzó a hablarme de su seguridad en la existencia de Dios y su mucha confianza en Él, haciendo hincapié en la convicción de un más allá. Ponía tal énfasis en sus palabras, que parecía como si yo fuera una incrédula a la que tratara de convencer a toda costa. También me habló de cómo quería que fuese su despedida, una vez desaparecido de este mundo. Después de esta conversación, entramos en la habitación y nos sentamos en el borde de la cama. Ambos permanecíamos en silencio.

Súbitamente, y ante el asombro de su compañero de habitación, mi hermano comenzó a rezar en voz alta: «Creo en Dios Padre todopoderoso…» Se interrumpió un momento para pedirme que lo rezase con él, por si se había olvidado de algún párrafo. Era emocionante comprobar con qué devoción lo recitaba deteniéndose en cada frase y analizándola, y cuando llegó al final: «creo en la resurrección de la carne y la vida eterna», añadió: «Sí, Dios mío, creo en todo eso».

"Nunca estoy solo"

Puesto que presentía su final, me pareció llegado el momento de proponerle que viniese el médico de guardia y, a continuación, un sacerdote, a lo cual me respondió con entusiasmo: «Sí, sí, que venga un sacerdote». El capellán lo confesó de forma poco convencional, dadas las circunstancias. Mi hermano César respondió a las preguntas de éste, confesando haber pecado, estar arrepentido y pedir perdón a Dios. Recibió la absolución y la comunión y una paz beatífica le invadió de inmediato.


Después de todo esto, aún vivió mes y medio, y durante este tiempo tanto en casa como en el hospital dio continuas pruebas de su fe, y sufrió su enfermedad sin una sola queja y con una aceptación ejemplar. En una ocasión en que yo me preguntaba por qué mi hermano tenía que sufrir así, se apresuró a decirme: «Por Dios, tengo que sufrir por Dios». Cuando me ausentaba de casa para ir a comprar algo, le advertía: «Te quedas solo un momento». Él me respondía: «Nunca estoy solo, Dios está conmigo».


Nuestro párroco lo visitó varias veces dándole la Unción de los enfermos y la Comunión, y mi hermano lo agradecía y decía que la fe, para él, era básica en la vida.

"Porque es lógico ..."

Durante el tiempo que aún vivió, acudimos en una ambulancia a la consulta del oncólogo. La recepcionista lo vio tan deteriorado que ordenó que le metiesen en una cama, en una sala contigua a la que se administra quimioterapia. El médico se personó allí y le dijo que, en adelante, no necesitaba acudir allí y soportar las molestias del transporte en una ambulancia, porque un equipo de oncólogos le visitaría en casa. Creo que, en el fondo, mi hermano abrigaba la esperanza de que reanudarían las sesiones de quimioterapia y con ello mejoraría su estado, pero al oír las palabras del médico, comprendió que no existía la más mínima esperanza, y sabiéndose en las manos de Dios, se santiguó y comenzó a rezar el Padre Nuestro. «¿Rezas ahora, cariño? –le pregunté– ¿Por qué?» –«Porque es lógico», me respondió.


Una vez más, volvió a ingresar en el hospital. Esa tarde me dijo: «Hasta siempre, me voy muy pronto gracias a Dios». Seis días después expiró en completa paz en una clínica de cuidados paliativos.

150 Razones por las que Soy Católico


150 Razones por las que Soy CatólicoPresentando 300 evidencias bíblicas que favorecen al Catolicismo


1. La Mejor: Estoy convencido de que la Iglesia Católica se adhiere mucho más íntimamente a toda la información bíblica, ofrece el único panorama coherente de la historia del Cristianismo (como la Tradición Cristiana y Apostólica) y que posee la más profunda y sublime moralidad, espiritualidad, ética social y filosofía cristiana.

2. Razón alternativa: Soy católico porque sinceramente creo que, por virtud de tanta evidencia acumulativa, el Catolicismo es verdadero, y que la Iglesia Católica es la Iglesia visible que Jesús divinamente estableció, en la cuál ni los poderes del infierno podrán prevalecer (Mt 16:18), por tanto, posee una autoridad a la cual, como obligación cristiana, debo someterme.

Del Evangelismo al Catolicismo

Del Evangelismo al CatolicismoLa verdadera búsqueda de la verdad, el interés por dar a conocer a Cristo y el ejemplo de católicos activos y entregados a la evangelización, fueros soportes decisivos en esta conversión.



Fui recibido en la Iglesia Católica en febrero de 1991 por el padre John Hardon SJ., un hecho que un año antes me hubiese parecido completamente inconcebible. No mucho en mi vida habría indicado este giro sorprendente de hechos, pero tal cuestión fue muestra de la siempre inescrutable misericordia y providencia de Dios.

Mi primer conocimiento sobre la Cristiandad vino en la Iglesia Metodista Unida, la denominación en la que yo fui educado. La iglesia a la que nosotros asistíamos, en un barrio obrero de la ciudad de Detroit (Michigan, Estados Unidos), me parecía a mí, así como a cualquier niño en los comienzos de la década de 1960, que estaba en el declive, sociológicamente hablando, tanto así que la media de edad de los miembros era aproximadamente cincuenta o más años. En mis estudios años después como evangélico, yo aprendí que la reducción y el envejecimiento de las congregaciones eran uno de los signos visibles del deterioro del protestantismo de corriente.

Como pudo resultar, nuestra iglesia se plegó en 1968, y después de eso, yo asistía raramente a la iglesia en los siguientes nueve años. Mi temprana educación religiosa no era del todo gratis, sin embargo, a medida de que yo iba ganando respeto por Dios lo que yo nunca abandoné fue la comprensión de Su amor para la humanidad, y una apreciación para el sentido de los mandatos morales básicos y sagrados.

De todos modos, por cualquier razón, yo no tuve un interés creciente en la Cristiandad en este momento. En 1969, a la edad de once, yo entré en contacto por vez primera con el llamado altar quintaesencial de la cristiandad fundamentalista en una Iglesia bautista que nosotros visitamos dos o tres veces. Yo me fui al frente para ser “salvo”, de forma absolutamente sincera, pero sin el conocimiento o la fuerza de voluntad requeridas (por las normas evangélicas más solícitas) para llevar a cabo esta resolución temporal.

Durante este período, me fasciné con lo sobrenatural, pero desgraciadamente, entró los terrenos de un ocultismo vago, para todo. Yo me unté, con gran seriedad de ESP, telepatía, los Ouija, la proyección astral, incluso la brujería vudú (con maestro vicioso de gimnasio en mente!). Yo leía sobre Houdini1 y Uri Séller2, entre otros.

La conversión de Vittorio Messori

La conversión de Vittorio Messori«cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». (Karl Barth)


Vittorio Messori, periodista italiano de 56 años, es conocido internacionalmente por haber entrevistado a Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza, y al Cardenal Ratzinger en Informe sobre la fe. Pero, en contra de lo que pudiera pensarse, no ha sido precisamente un "católico de toda la vida".


"Nací en plena Guerra Mundial en la región quizá más anticlerical de Europa: en la Emilia, zona del antiguo Estado pontificio, la del don Camilo y Peppone (el cura de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres no estaban precisamente de parte de don Camilo y, aunque vivían de verdad unos valores -apertura, acogida, generosidad, etc-, desde pequeño me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la Iglesia.

Acabada la Guerra, mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial italiana, cuna del marxismo italiano -de Gramsci, Togliatti y otros dirigentes comunistas-, en la que los católicos hace tiempo que son minoría.

Asistí allí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Obligada por el Concordato había, sí, una clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la tomaba en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con las más variadas excusas. O sea, que si por mi familia estaba imbuido de anticlericalismo pasional, la escuela llovió sobre mojado al enseñarme la cultura del iluminismo, del liberal-marxismo".


Acabado el bachillerato, eligió como carrera universitaria la de Ciencias Políticas. Pertenecía a la famosa generación del 68 y convirtió la política en su pasión. "Decía el teólogo protestante Karl Barth que «cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». Para mí el cielo estaba vacío, y uno de los ídolos que llenaba la tierra era precisamente la política. Era para mí una auténtica pasión. Estaba muy comprometido con los partidos de izquierda".


Se da cuenta con el tiempo de que la política no podía proporcionarle las respuestas sobre el sentido de la vida. "Sin embargo, aun consciente de esas carencias de la política, a la vez estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera de ella, precisamente porque formaba parte de los que rechazaban el cristianismo sin tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba que cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al que un joven moderno como yo no podía tomar en serio. (...) El Evangelio era para mí un objeto desconocido: nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba sin más que formaba parte del folklore oriental, del mito, de la leyenda.


Mi hallazgo de la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de aquel texto, hecha probablemente en un momento psicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena dedicar la vida.


La situación que se creó fue todo un drama para mí. De inmediato me vino un gran consuelo, una gran alegría, pero a la vez un miedo terrible, por varios motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi vida debía cambiar, sobre todo en la orientación intelectual. (...) Me hacía sufrir especialmente el que, si mi familia se enteraba de lo que me sucedía, me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que asistía a Misa a escondidas, telefoneó al médico y le dijo: «Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa». «¿Qué síntomas tiene?», preguntó el médico. Y mi madre le contestó: «Un síntoma gravísimo: he descubierto que va a Misa». Esto da idea del clima que se vivía en mi familia y de lo mucho que podía afectarme.

Otro ingrediente del drama era una especie de choque entre dos posturas que yo entendía como contrapuestas. Por un lado, algo me hacía ver que en el Evangelio estaba aquella verdad que había buscado. Se trataba de una experiencia del Evangelio como "encuentro", no sólo como palabra, valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio no es un libro, sino una Persona. Era la experiencia de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez, inquietante. Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado por una especie de "esquizofrenia". Se trataba de la disociación entre la intuición que me había hecho entender que allí, en el Evangelio, estaba la verdad, y mi razón, que me decía: No, es imposible, te equivocas.


Desde entonces, todo lo que he hecho y los muchos miles de páginas que he escrito, en el fondo no obedecen más que al intento de vencer esa esquizofrenia, procurando dar respuesta a esta pregunta: ¿Se puede creer, se puede tomar en serio la fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio? Todo ha girado en torno a la fe, a la posibilidad misma de creer.


Ha sido una aventura solitaria -siempre he sido un individualista-, en la que me guió Pascal: un hombre de hace 300 años, también laico convertido, que razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón y que, antes de rendirse a la fe, deseaba agotar todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa nueva Atlántida personal. He hablado de aventura solitaria y de mi individualismo, pero también digo siempre que no soy un "católico del disenso". Al contrario, soy un "católico del consenso". Y es que, en la lógica de la Encarnación, no sólo juzgo legítimo al Vaticano, a la Iglesia institucional, sino que la considero necesaria, indispensable.


¿Cuándo decidí aceptar la Iglesia? Cuando, al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar a los hombres, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su mensaje y los signos de su gracia -los sacramentos- a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia no porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación de un grupo humano, en el fondo no tomaríamos en serio la mediación de Jesús.


Mi aventura también ha sido solitaria porque era uno de los pocos que andaba contracorriente. Entraba en la Iglesia cuando tantos clericales salían de ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos descubierto la cultura laicista! Yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí dentro, en la Iglesia!
Por eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás una Misa en latín, porque antes del Concilio nunca había asistido a Misa, y cuando comencé a ir, era ya en italiano. De ahí que no pueda ser un nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo; y, después, con la Iglesia".

Tiempo de Regocijo

Tiempo de RegocijoMi deseo ha sido siempre conocer cada día más del amor de Jesús y estar en su presencia, pero al igual que Saulo de Tarso estuve ciega hasta que me encontré con la verdad. Jesús quitó las escamas de mis ojos y ahora quiero que otras personas no cometan e



Mi nombre es Herminia Maisonave, mi esposo es Jorge Ramos. Dios nos regaló un hermoso hijo, Jorge Iván. Vivimos en Aguada, Puerto Rico desde hace 18 años. Mi deseo ha sido siempre conocer cada día más del amor de Jesús y estar en su presencia, pero al igual que Saulo de Tarso estuve ciega hasta que me encontré con la verdad. Jesús quitó las escamas de mis ojos y ahora quiero que otras personas no cometan el mismo error que yo y por tal motivo quiero que conozcan mi testimonio.

Comenzando el mes de abril del año 2005 tuve un sueño: el Papa Juan Pablo me sonreía dulcemente, levantó sus manos me abrazó y luego me bendijo. Me desperté con una paz tremenda pero le preguntaba a Dios ¿Qué pasa? ¿Por qué sueño esto si ahora no soy Católica? Yo estaba muy confundida y esa mañana llamé a mi madre para contarle mi sueño, ella no supo que decir. Llamé a mis pastores (protestantes) y les conté entonces ellos se rieron, se burlaron, dijeron que parece que yo había comido demasiado porque había soñado con el "anticristo", que era para que orara por el Papa para que se convirtiera y otras cosas más. Esos comentarios me molestaron. Luego ese mismo día comienzan a dar noticias de que el Papa murió, yo quedé fría. Me arrodillé en mi cuarto y oré a Dios que me diera discernimiento porque me sentía confundida.

Evangélicos regresan a la Iglesia católica en Brasil

Evangélicos regresan a la Iglesia católica en Brasil
en 1997 sólo contabamos con algunas parroquias, hoy sumamos diez junto con la zona de misiones...


KÖNIGSTEIN, miércoles, 25 enero 2006 (ZENIT.org).- En Brasil no sólo se da el fenómeno de los católicos que abandonan la Iglesia para pasar a formar parte de comunidades evangélicas, algunos de ellos están regresando de nuevo al catolicismo, revela un obispo.

Así lo ha explicado monseñor Franco Dalla Valle, SDB, obispo de Juína en el Estado de Mato Grosso (centro occidental de Brasil), una de las diócesis más jóvenes del país, durante una visita a la sede de «Ayuda a la Iglesia Necesitada».

«En 1997, año de la fundación de mi diócesis, sólo había 6 parroquias. Ahora ya administramos 10 junto con una zona de misión», revela.

El prelado, misioenro italiano, añadió: «El número de sacerdotes ha aumentado de 6 a 20, siendo 9 de ellos sacerdotes diocesanos. En la actualidad, 5 jóvenes se prepara para el sacerdocio en el seminario de Cuiabá, y también tenemos vocaciones para la vida religiosa femenina».

El obispo explicó que la violencia y el tráfico de drogas están muy extendidos en la región, principalmente, debido a la pobreza y el desempleo.

«Con el fin de ofrecer una perspectiva a los jóvenes, estoy proyectando la creación de instituciones de educación superior y formación profesional», explicó monseñor Dalla Valle.

El obispo también insiste en la importancia de los medios de comunicación católicos: «Los programas televisivos diocesanos no incluyen ciertas telenovelas ni pornografía ni propaganda, y por esta razón son populares incluso entre los evangélicos, muchos de los cuales retoman la fe católica cuando contemplan el misterio de Dios».

Sorprendido por la Verdad

Sorprendido por la VerdadDurante la última semana de marzo, el canal 2 de Telemando en Puerto Rico comenzó la promoción de una serie de reportajes especiales sobre un caso insólito: «Fernando Casanova, un ex ministro evangélico que renunció para entrar a la Iglesia Católica...

Cruzando las fronteras de la fe

Esto se confiesa en la serie: “Cruzando las fronteras de la fe”.»

El reportaje acaparó la atención de la mayoría de los telespectadores desde el 2 hasta el 8 de abril de ese año. Lo que parecía ser una cuestión de conciencia de un individuo se convirtió en un acontecimiento discutido por muchísima gente en Puerto Rico.

Lo que llamó la atención fue que de ordinario las conversiones o los cambios de afiliación religiosa se dan a la inversa, por lo general son los católicos los que se hacen protestantes o se cambian a las sectas o incluso a otras religiones. Pero lo que terminó por desconcertar a muchísimas personas de todas las creencias fue que este Fernando Casanova que ahora testificaba públicamente su adhesión al catolicismo, había sido Ministro Licenciado Ordenado, evangelista y pastor de una importante denominación pentecosta ? los pentecostales suelen ser de los más anticatólicos?, y que además ese converso tenía una vasta preparación teológica y que era profesor de seminaristas, líderes y pastores evangélicos. Los periodistas involucrados descubrieron que este era el primer caso de este tipo en Puerto Rico, pero también en Hispano América.

Sin embargo, lo que ese ministro y profesor evangélico quería dar a conocer se vio opacado por la reacción polarizada del público. Unos (católicos) celebraban lo que les parecía una victoria sobre los protestantes, otros (protestantes) se dedicaron a insultar al “apóstata” que les había abandonado para convertirse en papista; otros, tristes, se apenaban de la pérdida del alma de un amigo, profesor o compañero en el ministerio; otros (católicos, protestantes y seudo-religiosos), se preocuparon porque ese tipo de historias no debían trascender, pues la verdadera religión era aquella del no rompimiento, del “todos caben y que crean lo que les dé la gana”, del diálogo que siempre dice sí, mientras se obvian las creencias, valores y costumbres que definían “nuestro” ahora-caduco ideario religioso.

Pero, en realidad, muy pocos atendieron a la sustancia de lo que ese hombre dijo por televisión acerca de sus razones para haberse hecho católico romano.

Del rap a la fe

Del rap a la feOtro testimonio de conversión emocionante nos lo cuenta David. Nació en Chicago, en el seno de una familia de padre musulmán y madre baptista.


"Salvo mi abuela materna, nadie era religioso en la familia. Nunca íbamos al servicio dominical y, para evitar conflictos, no celebrábamos la Navidad. Pero un año mi madre se empeñó en poner el árbol y celebrarla. Mi padre entonces se marchó de casa y, al poco tiempo, mis padres se divorciaron".

—¿Cuál es su primer acercamiento al cristianismo?

—Mi abuela materna murió de cáncer y, en honor a ella, mi madre comenzó a llevarnos al servicio dominical. Yo creía en Dios, pero no sabía nada de doctrina cristiana, ni rezar. Los pastores baptistas me bautizaron a los once años, pero no daba catequesis.

Después de algunos meses, mi hermana dejó de ir a la iglesia. Como tenía 16 años, mi madre no la obligaba.

A mí me daba rabia tener que ir a la iglesia. Además, me producía unas migrañas terribles. Finalmente, después de muchas protestas, dejé de ir.

En los cuatro últimos años de escuela me dediqué a divertirme, a ir a fiestas y a tocar en un grupo de rap.

—¿Cuándo se produjo el cambio de orientación religiosa?

—Comencé a darme cuenta de que algo iba mal. Sin tener la noción de pecado, estaba descontento con la vida que llevaba y por mis malas calificaciones.

Un día, caminando, una voz interior me animó a dejar todo aquello. Tenía 17 años. A partir de entonces quise hacer bien las cosas, pero no sabía cómo. Mi ignorancia era completa. Por ejemplo, creía que el libro de Job (job en inglés significa empleo) hablaba de cómo conseguir trabajo o algo así.

Pero Dios me ayudó. En una ocasión, hablando con dos amigos salió en la conversación lo que decía la gente por entonces: que el mundo se iba a acabar en el año 2000. Uno de esos amigos me preguntó si había leído en el Apocalipsis los tremendos acontecimientos que acaece rían.

A mí todo aquello me asustó mucho. Creía en la Biblia, pero no la leía porque en casa teníamos una versión en inglés antiguo que no comprendía.

Fue entonces cuando, cambiando de canal en la televisión, me topé con un telepredicador protestante. Me llamó la atención por el pelo estilo "afro" que llevaba, pero acabé enterándome de lo que decía. Me aficioné a escuchar aquellas explicaciones de los telepredicadores y comencé a leer la Biblia al llegar de la escuela. Había dejado el grupo de rap y las fiestas.



—¿Y el encuentro con la Iglesia católica?

—Tenía 17 años y todo ocurrió muy rápido. La compañía de televisión por cable cambió los canales y cuando buscaba mi canal favorito de música clásica, apareció la EWTN de la Madre Angélica. Un sacerdote mostraba algunos templos católicos conocidos mientras sonaba música clásica. Me quedé sintonizando aquello y fue cuando me enteré que había diferentes tipos de cristianos.

Al poco tiempo de ver aquel canal, me empezó a gustar más lo católico que lo protestante. Pero yo era baptista y debía defender la religión de mi familia. Así que me dediqué a analizar con detenimiento las enseñanzas católicas.

Sobre todo, me dio mucho que pensar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Cuando leí las palabras del Señor en el Evangelio de San Juan me di cuenta de su radicalidad. Me puse del lado católico. Aquellas palabras no dejaban lugar a dudas. Incluso comencé a tener grandes deseos de recibir al Señor.

También las lecturas sobre historia de la Iglesia me daban mucha luz. No podía aceptar que la doctrina protestante fuera la verdadera, cuando habían comenzado a difundirla quince siglos después de Jesucristo.

Me impresionó el rosario, al escucharlo por la EWTN. Luego me sorprendí repitiendo avemarías. Quizás mi afición al rap me llevaba a repetir esas frases de memoria. Casi no me las podía quitar de la cabeza.

Luz especial

—¿Notó alguna gracia sobrenatural?

—Todo era providencia, pero después de un año de razonamientos, en la fiesta de año nuevo de 1994 tuve una luz muy particular para comprender todo con más facilidad. Como si hubiera franqueado de pronto el umbral hacia la comunión con Roma. Entonces me di cuenta que creía en la Iglesia católica, no en otra.

Con el permiso de mi madre, me fui a la iglesia católica más cercana. Era la fiesta de la Epifanía. Hablé con el sacerdote y me llevaron a otra parroquia donde comencé enseguida la catequesis. En Pascua realicé el rito de admisión a la Iglesia. Tenía 18 años.

—¿Cómo fue la acogida que le dispensó aquella comunidad católica?

—Fue normal. Me sorprendió la frialdad con que algunos vivían la fe. Pensé que no se daban cuenta de lo que tenían. También me apenó ver pocos jóvenes.